
Una pareja adolescente come hamburguesas y papas fritas, están sentados delante de mí, yo los observó silenciosamente.
Han terminado de comer y se dicen cosas empalagosas al oído, ella le besa con entusiasmo las mejillas y los labios, después recarga su cara en su cuello, él la abraza con fuerza acercándola más hacia él. Le acaricia la cabeza y le revuelve los cabellos, hunde su cara en la espesa cabellera de rizos negros y los besa con fervor casi religioso.
Como con más prisa mis papas a la francesa, casi quemándome la lengua y el paladar, quiero llegar pronto a casa y doy grandes sorbos a mi refresco, el día parece sin fin, porque a las 8 de la noche el sol apenas se hunde perezoso entre los cerros.
Me da nostalgia; está noche yo sólo tengo unos mensajes de texto y un par de llamadas en el celular, él está en otra ciudad (no porque así le guste) porque aquí no hubo trabajo para él, es nuestro intentó diario de sobrevivir y a la vez de trabajar para formar nuestro futuro (preguntándonos cada día cuando se dará la oportunidad de que estemos juntos otra vez).
Estos días tan vapuleados, donde un día nos inundamos, otro nos herimos a balazos y otros más nos deshidratamos. (Porque después de una semana sin sol, Monterrey vuelve a arder a 36°); estoy aquí sentada, camino a casa, en el transporte público (este camión que se balancea y corretea) tecleando esta entrada.
Al lado de mi, una señora gorda y joven (tal vez de mi edad) con un niño de brazos, que lleva por atuendo sólo un pañal desechable, va tirando basuritas de papel y a la vez apacigua con agua la sed de su bebé (por lo menos beben agua y no refresco) sus acompañantes parlanchinas que cargan niños de brazos también arrullan a sus hijos caprichosos, cargan bolsas de plástico con las compras del día.
Miro el tráfico escandaloso, las risas de las mujeres, el llanto de los niños y al chófer mal encarado y gruñón que acelera más y más; la ciudad que se apaga en este gris atardecer… cierro los ojos y recuerdo a los adolescentes en ese abrazo amoroso (posiblemente lleno de deseo, ¿por qué no?), y me doy cuenta que, al final del día, y a pesar de todo lo podrido que este nuestro México pueda parecer, quedan pedazos de nosotros y de nuestra humanidad, como chispa de tenue luz en la oscuridad.
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