III. Números
Están en todos lados, ocultos, inmersos, silenciosos, son como las sombras.
Pero para mí, los números son una cosa desagradable. Son lo que no se quiere aprender, pero debe ser aprendido.
Todo se cuenta en esta vida, las tallas de los pantalones, las calorías de la comida, las veces que se mastica un bocado, los correos enviados, los pesos pagados, las horas trabajadas, los grados de temperatura, los botones de una blusa, los días en el calendario, las horas para salir del trabajo.
Números sin fin.
No se han conformado con ser números, se han mezclado con las letras y han formado sus reglas complicadas para explicar el mundo y su porque.
Me han martirizado toda la vida, primero cuando se sumaron y se fraccionaron, después cuando se integraron y se exponenciaron, hasta que nos vimos frente a frente en la universidad en unas horrorosas materias que hablaban de estructuras, entonces los números me abofetearon, me atropellaron como una marabunta, se unieron a la química y la física para poder (casi) arrancarme la cabeza.
Las matemáticas puras y sus hermanas (algebra, trigonometría y geometría[1]) fueron como ciclopes gigantes, persiguiéndome toda la vida en una pesadilla sin fin.
Todo se cuenta en esta vida, los días vividos, las horas gastadas, los momentos olvidados, los besos dados, las caricias recibidas, los suspiros, las lágrimas, las oraciones, los pensamientos, los ruegos, la saliva gastada en palabras dichas un millón de veces.
A donde se dirige mi vista los números están ahí, yo los veo y ellos me ven a mí, sé que saben que les tengo miedo, sé que saben que mi mente es débil y que cuando alguien me pregunte por ellos posiblemente me quede pasmada, inútil, retraída, humillada, frustrada, entumecida de ignorancia.
Los números son la analogía en mi vida, de las cosas que no quiero saber pero que tengo que saber y duele.
Es la realidad que incomoda, que se para frente a ti y te escupe en la cara para que la mires.
[1] Geometría, la más odiosa de las hermanas matemáticas, que osó seducir a las líneas y de esta unión nació la geometría descriptiva, una cosa peor que amar y odiar al mismo tiempo, el amor por el dibujo profanado con indeseables números en una ecuación terrorífica que me hizo llorar y caer de rodillas en el sucio piso de granito de la Facultad de Arquitectura (batalla casi perdida en la gran guerra).
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