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lunes, 24 de septiembre de 2012

CXXIII.- Three

Un sentimiento de orfandad se ha apoderado de mi recientemente. Es horrible saber que tus padres están vivos pero que no están vivos para atender la familia que formaron. 

Viví mucho tiempo creyendo que eramos una familia normal, con altas y bajas pero normal. Lejanos parecían esos programas de "mujer, casos de la vida real" donde las familias se desmoronaban en pedacitos hasta que no quedaba nada de sus integrantes. Lejos, muy lejos se veían esas películas mexicanas aburridas, donde los protagonistas padecían por embarazos no deseados, padres alcohólicos, madres abusivas o hijos irresponsables.  

¡Que cercana es la ficción a mi vida estos días!. 

Tal vez me estoy apresurando a hacer juicios que no me corresponden, pero desde que mis papás decidieron enfrentarse en cruda batalla por el divorcio y la separación, el sentimiento de orfandad es invebitable. 

¿Qué hicimos los hijos para padecer estas angustias de madres lastimadas y despechadas y de padres ausentes y desinteresados? ¿Qué nos toca hacer a los hijos para salir bien librados de las guerras de los padres? Nada, simplemente "estas cosas son de pareja, de dos" dicen los que creen que saben. Pero aquí seguimos, en el campo de batalla, agazapadas en medio de un fuego cruzado que nubla el horizonte. 

Recuerdo como me daba miedo decir "mis papás están divorciados", muchas niñas en el colegio lo decían y yo sentía lastima por ellas... ¿quién siente lastima de quién?. 

¿Sería el anhelo de una vida feliz lo que me hacía negarme a la separación de mis padres cuando era adolescente? Por ese tiempo mis lágrimas los conmovieron a ambos y así las cosas se mantuvieron pendiendo de un delgadísimo hilo, que rompió sus primeras fibras el año pasado y que termino de romperse el día de ayer. 

Tantos recuerdos amargos se agolpan en este momento como gruesas lágrimas en mis ojos... Esas noches en que mis hermanas dormían llorando abrazadas y temerosas de los gritos de mis papás y yo... yo lloraba también, pero menos. 

Cuando era niña mi mamá no toleraba llantos ni berrinches, me hice intolerante al llanto, hasta a mi propio llanto, fue hasta la prepa que me encerraba en un cuarto a llorar sola... entonces empecé a darme permiso para llorar, pero incluso entonces me parecía ridículo mi llanto. El sólo hecho de verme roja y con los mocos tendidos me daba pena, entonces un día... deje de llorar. 

Recuerdo cuándo falleció el papá de mamá... sí, mi abuelo al que veíamos unas cuatro veces al año. Recuerdo que papá no estaba, andaba en Torreón por trabajo y no alcanzó a llegar ni al panteón. Entonces me acuerdo que estaba ahí, como clavada en la tierra del panteón sosteniendo a mi mamá y a mis hermanas, sin una gota de llanto. No podía permitirme llorar. 

Otra vez, cuando falleció mi abuela este año, no lloré. No porque no me doliera, si no porque sabía que mis lágrimas no servían para nada. 

Anoche se me escurrieron unas gotas de los ojos... ¿Por qué me pasan estas cosas?, entonces me acordé de mis hermanas y decidí que no lloraría más. 

Ellas son lo único que hoy puedo llamar familia... tanto que a veces siento que no se que hacer con estos dos apellidos que cargo. 




Lo único que quiero son largos días de paz para todos los que amo.

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